Cosas de la vida (o una larga aventura)

No creo saber cual fue el primer cuento que escribí. No creo que haya sido un cuento, pues imagino que fue hace mucho tiempo. Recuperé hace poco —unos meses atrás— un poco de eso que escribí hace muchos años. No los reproduzco por vergüenza, porque los encuentro pueriles en demasía, tanto que los leo y no evito sonrojarme, pero admito también, que el tiempo no ha pasado en vano, que he aprendido, que horas incansables de lectura han servido y tanto más han servido las horas de escritura. Muchas horas frente a la computadora, con el procesador de textos. Los conozco todos, los procesadores de texto, desde aquel en DOS que era tan rudimentario que mejor valía escribir a mano. El procesador de texto, o mejor la computadora, se llevaron también algún magnífico ejemplar de mis horas de sueño.

Pero volviendo a aquél primer cuento, que no encuentro por ninguna parte, no recuerdo la trama, no siquiera el titulo. No creo haberle escrito al amor, como lo hice tantas veces después. No creo tampoco que haya sido una trama complicada, no lo son ahora, no pudo haberlo sido en ese tiempo. Ese cuento perdido, quizás tenga aún las tenues iridiscencias de mis primeras épocas, y ahora lo he perdido.

Un amigo me contó que el había perdido a muchos amigos durante su infancia. “no dejábamos de mudarnos” fueron sus palabras, dichas con una extraña expresión en su rostro. “Un día llegaba mi padre y nos apuraba a mi madre y a mi. Tenemos que mudarnos, eran sus palabras. Parecía como si siempre estuviera escapando de algo.” Me dejó perplejo aquella insinuación, no lo interrumpí, dejé que me contará un poco más. Egoísta veía, en ello una historia. Sin saberlo quizá estaba coleccionando historias, sin saber que pronto, pasado algunos años me deleitaría (por decirlo de alguna forma) escribiendo historias. Y que estas, las de mi niñez y las de otros serían la fuente de la cual abrevaría constantemente. El siguió: “y sabes, al final fue alcanzado, en su lecho de muerte, triste o contento, no te sabría decir, me tomo de la mano y mirándome con aquellos ojos grises, me dijo: Por fin me alcanzó, pero estoy contento. He huido de ella por tanto tiempo. Buenas zancadas le he dado. Algunas terribles, Como aquél árbol en medio del camino y como salimos de rapando por el borde. Que frente le hicimos. Le miré con lágrimas en los ojos, el no dejaba de sonreír, una sonrisa afable, de quien no teme nada. Sabes ahí por fin entendí porque nunca nos quedamos por mucho tiempo en algún lugar. La muerte le alcanzó, pero primero le alcanzó la vejez y tras ella, la enfermedad.” Mi amigo que siempre sufría por los amigos perdidos ese día tuvo que sufrir por su padre. “Lo extraño, cada día que ha pasado desde entonces he recordado un momento, de algún lugar, de donde el nos llevó. Que extraño, no?”

No era extraño, no, para nada. Hace algún tiempo me enteré que este amigo mío había muerto de una enfermedad (no importa cual). Inmediatamente que me enteré de su muerte recordé, como él lo hiciera con su padre alguna vez, todas las cosas que habíamos pasado y curiosamente, todas las cosas que me contó sobre su padre.

Entre los recuerdos de mi infancia están aquellos vivido en la soledad. Son los más hermosos, no admito con certeza que ese sea la semilla de esta soledad que ahora no deja de seguirme por donde voy. De niño, cuando todos debían correr tras una pelota o esconderse y ensuciarse yo estaba con algún libro imbuido en su lectura y no es que no quisiera correr, mi impedimento era otro: el asma. El sacrificio de las correrías se vieron compensadas con los maravillosos mundos que recorrí envuelto en papel y tapa dura.

En casa de la abuela existía, o existe aún, pero mermada, la colección del Tesoro de la Juventud. Ahí están, esperando que regrese algún día, los Jason, los trucos de magia, las fabulas de Esopo, los mapas, a Cenicienta, Guillermo Tell, Robinson Crusoe, el varón de Mulhausen, califas, princesas, pastores de ovejas, magos y muchas historias más. El mundo se me abrió a mis ojos en esos días, descubrí y entré a un mundo del que nunca querría salir: el mundo creado por los libros. He recorrido ese mundo con distintos guias, algunos mas estrictos otros menos, unos brillantes otros quizá no tanto, estaban también los banales. Nombrar a todos y cada uno sería, hoy, un trabajo inabarcable. Sin embargo, es mucho más fácil recordar a quienes me han dejado una enseñanza.

Hace algún tiempo; tendría 12 años o quizás menos o quizás más, quien recuerda las fechas por esas edades; escribí un poema. Recuerdo el nombre “niña bonita”; esa chica sin duda fue mi vecina, como siempre como casi todos, con el tiempo me mudé, a ella no la volví a ver y el poema se perdió, ahora no recuerdo que decía, solo me queda el nombre, y a la niña se casó y tiene dos hijos, una niña hermosa como ella y un niño que es su alegría. Ese fue mi primer poema.

Había viajado por muchos sitios y por un tiempo volví a uno de los lugares de mi niñez. Todos ustedes saben que no es lo mismo, la perspectiva cambia y no solo eso, las niñas crecen. Una niña había crecido y fue la más hermosa que vi, por mucho tiempo ella no lo supo, y podrán leer dos cartas escritas para ella. Creo que fue normal, fue una secuencia en cámara lenta, todo sucedió como debía suceder, fue perfecto, pero terminó. Ya he contado sobre ella, para los que sepan leer, ya les dije que hay dos cartas a su disposición, acá no diré nada más. Porqué entonces volver, pues ahí le estoy presentando a la persona que empezó todo. En cuadernos de esa época están mis primeros escritos, no fue ella quien empezó todo fue si, la que despertó el entusiasmo, ese que tenemos todos por el lápiz. Lo hizo sin querer, pues el dolor es la mejor fuente de inspiración. Y así fue.

Por esa época también empecé a leer a Borges, una copia de “El Aleph” cayó en mis manos. No puedo explicar por medio de palabras o letras la sensación que me invadía al leer esa maravillosa combinación de sentido. Antes ya había llegado el maravilloso Ribeyro con su esplendido “Gallinazos sin plumas” había entendido para ese entonces que no necesitaba conocimientos excelsos para poder escribir. Borges me sorprendía y me abrumaba, me maravillaba y lo veía alcanzable. A Ribeyro lo veía ahí, a lado mío como si fuera yo quien escribiera, y era tan simple y complejo a la vez. Luego llegarían “Ushanan Jampi”, “Del amor y otros demonios”, pero ya el camino estaba escrito.

Pero no son los únicos, ya para esa época había pasado muchos, casi todo el antiguo testamento, Siddhārtha, mucha teología antigua. También había leído muchas obras de Philip K. Dick, en realidad muchas obras de ciencia ficción que es un genero que siempre me gustó mucho. Puedo decir que no hay nada más reconfortante que dormirte mientras estás leyendo una buena historia, hasta puedes soñar con ella.

Volviendo al primer cuento, ahora perdido, no se si tiene de todos estos autores, pues es anterior a ellos. Si tiene, sin embargo, de mi familia, mi interior inspiración, pues no es una familia común. Soy el primer hijo de la décima hija, por un lado. Por el otro soy el primer hijo del primer hijo hombre. Mi familia es numerosa, como pocas, pues, solamente tengo setenticinco primos hermanos, casi sesenta sobrinos por parte de primos y veinte tíos. Si cuento esto no es para hacer alarde de números, es simplemente para lograr un cabal entendimiento de las situaciones. Eramos muchos, todos pequeños dando vueltas por ahí. Eran otro tiempos, no había corriente eléctrica en las casas o si la había en la nuestra todavía no. Y eso era bien, pues las historias divagaban por la oscuridad con una velocidad que aterraba. En esas noches el más puro terror me invadía. En la cabecera de una gran mesa se sentaba mi abuelo y a su lado mi abuela. Entre ambos contaban historias de aparecido y fantasmas, y crean me, en la oscuridad cualquier pequeña historia con un fantasma de por medio es terrible. Mi abuela era distinta, ella nos contaba las historias de la familia, nos instruía a su modo sobre hechos que habían pasado en la familia, hace mucho, mucho tiempo. Siguiendo así una tradición de antiguos aedos. He venido de la oralidad a la escritura. No soy el único, todos aquellos que escuchamos esas historias en nuestra niñez o juventud las tenemos grabadas en la mente.

Desearía ser para mis descendientes de alguna manera lo que mis abuelos fueron para mí. Desearía que ellos vivieran como viví yo. Si, con las pobrezas, pero también con las alegrías y los momentos únicos.

No he contado sobre los lugares que viví. Pero eso lo dejo para otro día.

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7 comentarios en “Cosas de la vida (o una larga aventura)

  1. Alex Fendez

    que buena lectura, yo tambien seguire en contacto para leer esas historias y lugares…
    yo por lo contrario no viví cosas como esas!
    Soy una persona que se esta involucrando en la lectura y me considero novato!!
    Estare pendiente!!

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