El viejo que escribía

La radio chirriaba triste y melancólica, algunas notas de un viejo bolero podían escucharse entre todo el ruido. Un, dos, tres cantaba el viejo y empezaba otra vez. Un, dos, tres las lineas iban y venían, las palabras quedaban. El viejo escribidor escribía. A veces una sonrisa, A veces no, pero él siempre escribía. Una letra luego otra, sintagmas maravillosos. Imaginaba, reía, a veces triste, pero siempre continuaba. Un, dos, tres en la radio un viejo tango y el ruido triste danzaba con el dos por cuatro. La pluma iba y venia al compás de los latidos, lenta y cansina como un respiro, y aun el viejo escribidor escribía.
Recuerdo. Sobre el viejo papel en blanco escribió: Recuerdo. Hizo una pausa, inspiró en un gran suspiro una enorme bocanada de aire y quedó mirando el papel dubitativo. Tachó Recuerdo luego lo volvió a escribir y lo volvió a tachar, dudaba, finalmente no lo volvió a escribir. Aún tenía el papel en blanco. El viejo escribidor no sabía que escribir.
A la tarde, cuando estuvo en la biblioteca, releyendo viejos tomos de la enciclopedia tuvo maravillosas ideas. Pensó en escribir sobre viajes, maravillosos viajes, pero luego desistió pues no pudo imaginar la vastedad del universo y comprendió lo inconmensurable de su tarea. Cerró los ojos y en su mente imaginó el mas simple de los viajes, intentó relatarlo y ser fiel; por su mente desfilaron mil situaciones azarosas de ese viaje, situaciones que hubiesen llenado muchos pesados tomos, pero ninguna era lo suficiente maravillosa para poder escribirla.
Por la noche con la hoja aún en blanco apoyó los codos, sostuvo su cabeza y cerro los ojos. Su mente entonces voló libre a través del espacio, kilómetros y kilómetros hasta que por fin llegó a un pueblo de casa blancas y techos rojos. Se vio, como en un sueño, él mismo caminando y riendo; y a su lado iba la joven, que tantas veces en sus sueños visitó. Él era mucho más joven y ella lo era mucho más que él. Caminaron muchas horas juntos, se miraron, rieron, pero ninguno habló nunca del amor. Hablaron temas banales y simples y aun así estaban por horas juntos, muchas horas cortas. Todo el tiempo y nunca hablaron de amor de lo que ambos querían hablar, pero no lo hablaron.
Ella tenía los pies pequeños, parecía una niña, pero su aroma era el de una mujer. La Frase le gustó, no era excelsa ni exquisita, sin embargo le recordó a ella riendo sobre la cama, y eso no le agradó. Difícil resultaba para el viejo escribidor escribir, los recuerdos lo traicionaban. Miró la frase, sonrió; era linda de veras pensó, su pequeña figura, su sonrisa. ¿Cuantas veces caminaron? Él no lo podía saber, no sabía si eran pocas la veces o muchas, sólo sabía de la dulzura de sus palabras, de la alegría contagiosa de su risa. Suspiró con tibieza, miró la frase por última vez; él no quería escribir una historia de amor, él solo quería escribir, el viejo escribidor no deseaba otra cosa. No tachó la frase pero si la encuadró entre lineas, quizá para separarla y no olvidarla. Un renglón mas abajo escribió: Han pasado los años, de aquellos mis años jóvenes sentado en la berma… No pudo mas. No encontró palabras. Se remontó hacia aquellos años sin preocupaciones en el intento vano de retratar la emoción de ser joven, y no pudo hacerlo. Los años han pasado, la tarea de ser joven es ahora dura, una empresa demasiado grande. Miró el papel, dos frases de su vida separadas por muchos años y ninguna decía nada. Ahí quedó el viejo escribidor sin poder escribir.
El viejo escribidor se había dormido con la cabeza sobre el papel, el cansancio como siempre le había ganado. El pensar le cansaba y es que la batalla la iba perdiendo, pero al salir el sol, y ahí estaba saliendo, él volvía a su tarea. Los rayos cálidos entraron por su ventana, bañaron su blanca cabellera. ¡Cucú! ¡Cucú! Sonó su viejo despertador en la esquina de la casa. ¡Cucú! ¡Cucú! El viejo no se levantó. ¡Cucú! ¡Cucú! Siguió sonando el reloj.
Que hermosas las soñaba el viejo a sus frases. Escribá al amor, por que había amado. Se enamoró y la perdió. Escribió a la vida, por que era un viejo que ha vivido demasiado.
El cucú del reloj se había callado. Los ronquidos del viejo competían con el ruido de la radio. En la radio un anunciante vociferó una nueva canción moderna y por fin se levantó el viejo, caminó un momento por la habitación. Encontró los papeles escritos por la noche. —¡Que frases horribles son estas!— Dijo, una mueca de desagrado se dibujo en su rostro. —Yo escribiendo sobre amor ¡Que tonto soy!— El viejo era duro consigo mismo. —¿Como puedo? Estúpido, estúpido de mi. No puedo imaginar que lo leyera, y si lo leyera como sabrá que es por ella.— En verdad el viejo había amado con tanto ahínco que nunca pudo olvidar. —Como puedo decirle que pasó tanto tiempo. Que la extraño, que no la olvido. No… no lo creería.— Quizá no sabe el viejo, que lejos, muy lejos otra persona piensa igual que él. —No debo seguir con esta escritura tonta, que crueles serán mis críticos, los críticos del viejo que escribía, que escribía amor. Dirán entonces que fue un viejo chocho que nunca tuvo a su amor.— Pero si lo tuvo; amó y amó como se ama de verdad con lágrimas y dolor. Amó como un niño cuando ya era un hombre. Nunca se perdonó el haber amado así, el haber llorado tanto por una mujer, el haber deseado morir por no vivir con ella. Porque ella amaba a otro. —Pero, ella amaba a otro, ¡Que tonto!, ¡Que tonto!
Mucho escribió, el viejo escribidor, muchas hojas llenas de tonterías. Escribía y escribía, cientos de papeles, hojas inútiles, hojas insensatas, con palabras que luego lo sonrojaban, tantas palabras sobre ella y ella nunca se enteró.
El viejo tomó el papel y lo arrugó luego dudó y en el ultimo instante no lo tiro a la basura. Lo estiró con cuidado y lo dejó en el escritorio. El viejo dudaba, toda su vida había dudado. El sol había avanzado, los tenues rayos de invierno entraban por la ventana iluminando, era mas de media mañana. Se levantó, dejó el escritorio con esa calma propia de los viejos. Lentos y débiles de tanto vivir. Sus manos temblaban, hacia frío. La cacerola despotricada se llenó pronto, el agua se desparramó por su manos, estaba fría el agua. —¡Café!, ¿Dónde está el café?— El viejo buscaba el café, tal vez lo encontrara, tal vez solo encontrara té o el aromático cedrón, pero algo debía encontrar, algo debía tomar, por suerte hubo café.
La radio molestaba al viejo con su ruido como de lluvia sobre techo de chapa, al viejo parecía no importarle; iba de un lado a otro, siempre ocupado, siempre con libros. Los libros eran muchos, las fotos eran muchas, y las cartas… Cuando el viejo encontraba las cartas suspiraba. Encontró las cartas…, suspiró. Un cajón lleno de cartas, todas tenían las estampillas en la parte superior derecha, todas tan pulcras por que ninguna fue enviada. Movió un cajón luego otro al fin después de mover varios cajones hizo un espacio, muy al fondo de todo, para el cajón de las cartas. —No tengo tiempo para tonterías— Dijo, necesitaba tiempo, más tiempo en su vejez para volver a escribir.
El agua en la cacerola empezó a hervir, empujó por fin el último cajón que tapiaba todos los recuerdos y fue pronto por su café. Preparó una taza, las manos le temblaban, el azúcar se le derramó en la mesada. —¡Pero que desastre! Tiemblo como un viejo, y es que seré viejo.— El viejo sonrió. Una sonrisa tranquila, como de las personas que son capaces de reír si la lluvia moja a dos pasajeros desprevenidos. —Pero no tan viejo como para terminar el escrito ese. caminó, despacio, el café se le iba derramando por los bordes de la taza, el agua estaba caliente, no era sin embargo un problema con el frío del invierno. Estaba sentado, la hoja en blanco. —A la tercera va la vencida.— Dijo el viejo con una sonrisa en los labios. Tomó el lápiz y escribió presuroso sobre la hoja. Esa tarde estábamos en la rivera del río, un río… Se detuvo entonces y pensó medio minuto. Tachó luego con fuerza la frase y un renglón mas abajo volvió a escribir. Esa tarde estaban los chicos en la ribera del río, un río sucio, poco caudaloso y lleno de piedras. Los chicos corrían en el agua, por abajo y por encima, las gotas salpicaban a todos lados…Ese párrafo le había sido fácil. Fácil le era recordar épocas felices. Volvía a escribir el viejo escribidor, volvía aunque rasgando sus recuerdos, pero eso no importaba, el volvía a escribir y eso le gustaba. Pasó su mullida mano por los cabellos canos. Se sentía feliz. Hacía tanto tiempo que no era feliz, feliz escribiendo. Tomó el lápiz y continuó. Los niñas corrían de un lado a otro, alegres, con los cabellos mojados enredados sobre el rostro y las manos sujetando los breteles. Los niños corrían tras de ellas, no había malicias en sus carreras, solo diversión. Risas por doquier. El bullicio reinaba en la ribera del río. Uno de ellos, un niño flaco de orejas grandes y ojos vivarachos tomo a la pecosa de una mano y la llevó a rastras hasta el agua. La pecosa gritó, forcejeó, aulló pero nadie fue ayudarla, reía y no paraba de reír, reía con tantas ganas que sus ojos se llenaron de lágrimas y su rostro se encendió, a rojo, tan blanca como era ella. El niño, el flaquito que a todos hacía reír, la empujó a las aguas turbias, ella desapareció entre los remolinos turbios. El silencio se hizo presente, todos expectantes conteniendo el suspiro observaban, de pronto la pecosa emergió entre grotescos mechones pardos, mechones húmedos que ocultaban su rostro. Todos rieron con el espectáculo. El flaquito sonreia, soñaba y reía con la pecosa y su carita, la amaba.
Una lagrima rodó por la mejilla del viejo. Cerró su cuaderno. Suspiró, no por última vez.
—Es imposible, no puedo continuar—. Dijo, luego cerró el cuaderno, lo miró y de golpe, sin pensarlo lo arrojó al rincon junto con las cartas. Se levantó fue hasta la ventana, cerró las persianas después fue al sofá, ahí esperó que llegara la noche y luego el día y ya no se movió más.

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3 comentarios en “El viejo que escribía

  1. Hola David:
    La palabra “Escribidor”, según el diccionario de la lengua española no existe, tenes razón. Pero su uso particular en algunas regiones de habla española le dan la acepción de “mal escritor”. Esto es precisamebnte a lo que me refiero.
    El viejo escribió toda su vida, a veces pudo escribir cosas que a él le parecián hermosas, pero luego se rinde y reniega de su suerte.
    Este pequeño relato es un reflejo nostálgico de un pequeño viejo que pretende escribir, nada más que eso. Soy yo muchos años más tarde.
    Mario Vargas Llosa, en una entrevista sobre su novela “la Tía Julia y el Escribidor” enuncia que la palabra escribidor tiene una connotación peyorativa.
    Verás entonces, que no soy ni el primero ni seré el último en usar esa palabra que el diccionario de la lengua no ubica en su lista.

    Saludos

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