Volviendo

El lunes volví a la universidad. Llegué tarde como siempre. No es culpa mía, es culpa del sol que se oculta tan tarde. Pasaba por el puente Pueyrredon y ya sabía que iba llegar tarde, pues estaba observando el precioso ocaso, y claro el ocaso hermoso solo lo puedo ver en el preciso momento que tengo que entrar a la universidad.

Hice lo que pude para llegar temprano. Corrí hasta la parada de colectivos, corrí hasta subir al colectivo, que no era el que me iba llevar, sino otro que me dejaba en Retiro. Y los colectivos tardan, tardan mucho, y mucho mas cuando uno está apurado. Y tardó. Llegué a retiro, volví a correr, esta vez hasta la estación de tren, como pude coloqué compré el boleto y corrí a subir al tren, era un tren de la linea Belgrano. Ya mas tranquilo, caminé por el medio de los vagones hasta el primer vagón. Transpirado y cansado no dudé en sentarme en la escalerilla, no mirando al oeste, sino mirando al rio —los que conozcan sabran de que hablo, aún así no es dificil imaginarse—  me encanta esa vista, porque entusiasmado espero encontrar el momento justo que una avión está aterrizando, o mejor, despegando; eso nunca sucedio sin embargo. No quise mirar mi reloj, nunca lo hago, “para no adelantar el tiempo” vana ilusión mía, el tiempo nunca se detiene, ni asi dejemos de mirar los relojes. Es mi ilusión*, y como tal la mantengo, es lo que los cabuleros llaman Una Cabala. Cuando llegué a estación Ortiz sabía que era tarde, pues el sol se ocultaba hermoso por entre los arboles del parque.
Bajé del tren, rápido, subí las escaleras del andén más rápido aún y cuando llegué arriba… ¡El Sol! que sol, apenas chiquito en el cielo, y el cielo tan naranja con suaves violetas y también algo de lavanda. Me detuve un momento, no me importó que el tiempo fuera pasando. Luego continué, pensé que quizá estaba, como otros días a esa hora, el micro de la facultad; pero tonto como iba a esperar que aquello sucediera un dia de verano y en una universidad pública. Así fue que caminé, no miré la hora —cabala, como siempre— sólo continué caminando. Era algo desepcionante, pero todo estaba exactamente igual. Estaban los niños pidiendo monedas, los cimarrones cobardes dando vueltas por los parques de la universidad. Aunque algo cambió, pero por el efecto mismo de la naturaleza, el árbol del centro de la rotonda en la entrada, estaba más grande y verde. Había, sin embargo, cierta soledad que flotaba en el aire, era quizá el aire del verano y esos días interminables llenos de calor y de mosquitos.
¡Vaya enjambre de mosquitos zumbadores tuve que cruzar! Pórque claro, si voy en tren luego tengo que cruzar los parques y en los parques están los mosquitos; agazapados esperando que algun estudiante distraido pase por ahí para “literalemente” chuparle la sangre.
Caminando apurado pasé por delante del Pabellón II, no creo que sea casualidad, pero en todo el tiempo que estube en la universidad nadie dijo gustarle el Pabellón II; frio y sin gente no dice nada, acostumbrados al bullicio del pabellón III, el Pabellón II nos parece muerto. Al fin llegué al Pabellón III, la gente entraba y salía, para que mentir la mayoría salía, eran casi las ocho y media de la noche. Subí rumbo al hall central, no faltaba nadie, ahí estaban los vendedores de discos pirata, la chica hippie de las pulseritas artesanales, el muchacho de vende los sahumerios, estaban todos.
Ahí estaban también los ascensores que no funcionan y las largas escaleras. Subí, corrí eran tres pisos que valían por el doble. Al fin llegué con la camisa mojada en sudor pero llegué. ¿Y cual era mi aula? Tantas aulas, tantos alumnos, hasta que por fín la encontré. Y por fin pude entrar a clases.

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