El Montículo (part. 1)

El Montículo fue tirado en ribera del río en una noche fría y sin luna. El auto que lo dejó no se demoró ni un segundo más de lo necesario y pronto escapó por la avenida del río. Un borracho, que caminaba tambaleándose con su botella en la mano, fue el único testigo. La noche avanzó y el borracho se durmió al pobre abrigo de un espino escuálido. El olor del Montículo muy pronto atrajo todo tipo de bestias, y en muy poco tiempo los cimarrones que vivían en los meandros del río ya se disputaban furiosos la posesión del Montículo.

Frente a los meandros, en la ribera, en un kiosco de diarios, el Mariscal caminaba despierto ordenando los diarios del día. ¿Porqué Mariscal? Nadie supo por qué, así lo llamaron siempre. Con gran paciencia y simpleza el viejo mariscal acomodó los diarios recién llegados. Sentado encima de una pila de diarios vespertinos se encontraba el Mariscalito, restregó sus ojos legañosos y bostezó soñoliento.

¡Los diarios!— Le gritó el Mariscal, su padre.

¡Los diarios, los diarios! Repitió con un bostezo mientras cargaba un fardo de diarios.

Eran solo un poco más de las cuatro de la madrugada. El sol empezaba a salir tiñendo el cielo con el pálido lavanda entre las nubes. En el puesto de diarios el Mariscalito también bostezó estaba demasiado soñoliento para mirar a su alrededor, porque si hubiera mirado lo hubiera encontrado, porque ahí estaba: El Montículo, y los perros que lo disputaban entre gruñidos y mordiscos

Casi llegaba el día con su cielo azul y algunas nubes grises que lo iban cubriendo, parecía que pronto llovería. La avenida del río lentamente recobraba su movimiento. Transitaban los camiones, del río y hacia el río, vacíos y con piedras, con basura y sin ella.

¡Juan! ¡Juan! Detén el camión.— Juan lo detuvo un poco molesto. —¡Ahí! ¿Lo ves?— Más se molestó el Juan, sin saber que mirar ni por qué. —¡El Montículo! Viejo tonto.— Y miró, y solo vio una bolsa gris rodeada de unos perros flacos y coléricos. Miró Juan a su cargador sin comprender, puso el camión en marcha y se marchó.

No es problema nuestro. Llamaremos a la policía y que ellos se ocupen. — dijo Juanj terminando la conversación.

En la dependencia policial los policías dormían, algunos llegaban con prostitutas que no tuvieron para el bono otros con los pies sobre las sillas roncaban sin cuidado. Casi a las seis sonó el teléfono. Un oficial medio dormido contestó.

¿Hola? Si. Buen día.— El oficial bostezó, tomó un lápiz, una hoja y anotó. —Ribera del río, zona sur, altura de la cuadra 50, de la avenida del río… un M-o-n-t-í-c-u-l-o… si, si entiendo, iremos a ver. Parece un cadáver… a estas horas todo parece un cadáver.

Las nubes terminaron de cubrir el cielo y entre los vientos cada vez mas fuertes comenzó a caer una fina llovizna que golpeó contra los los rostros apretujados.
La ciudad ya estaba enlodada, la mañana iba avanzando hasta que por fin llegó el fiscal envuelto en su abrigo gris. Bajó de su auto negro, caminó entre los policías sin mirar directamente a ninguno de ellos. Por fin quedó a solo pocos metros del Montículo.

¡Lindo muerto! Y es lunes por la mañana… buen comienzo de la semana. ¿No cree oficial?
Continua parte 2

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3 comentarios en “El Montículo (part. 1)

  1. erich castillo

    interesante lectura, el escritor no es participe del monticulo como personaje del escenario, supongo que es un relato sacado de un diario o de una dependencia policial.
    para ser mas veridica la escena o el relato el autor debe personificar un personaje ; puede ser el mismo borracho , pero sin embargo es muy importante la noticia de como la sociedad esta hoy en dia

  2. Es una historia contada en tercera persona. Quien escribe nunca es participe de los actos sino que trata de relatar lo mas preciso posible algo que sucedió.
    Desde luego lo que se relata no precisamente tiene que ser real.
    Está escrito para parecer real (aunque no se si lo logro), pero solo para parecerlo, ya verás…
    Es un retrato irónico pensado en la marginidad con que viven la gente de los rios en las ciudades.

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