Reencuentro

Así terminó, donde empezó, a las sombras del Fujiyama.
M
iraron ambos, incautos, absortos, el mirar del otro; mirar el pensar. Un atisbo feliz asoma en el aprendiz, en el fulgor de sus ojos. Ambos brillan, armaduras y espadas; ambos por la calzada; sabiendo que hacer, esperando al amanecer. Uno al otro, el tramo es corto, se acercan. El crujir, el chirriar de las armaduras al brillar, hiere el aire; desenvainan las espadas, desembocan en miradas; el destello refulgente del filo hiriente, bajo el sol naciente. El tiempo se acorta, en las distancias, en un segundo, en menos ya se abrazan, en fuerte abrazo se estrechan, el aprendiz y el guerrero audaz.
L
as distancias se alargaron, diez años fueron, que no se vieron. Hao mi, el aprendiz y Tao mi chi, el guerrero.

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