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Hace mucho, mucho tiempo, escribí estos dos fragmentos, de nada.

Hubo un tiempo que no hizo falta pensar en el tiempo.
Hubo un tiempo que en el tiempo no existía el hombre.
Hubo un hombre que creo a un Dios.
Hubo un hombre que estuvo en el tiempo.
Hubo un Dios que no nunca fue Dios.
Hubo un hombre que dijo, vio a Dios.
Hubo una persona que dijo ser Dios.
Hubo un hijo, que murió por el mundo.
Hubo un mundo que se creyó dios y desapareció.

Hoy un viernes de enero del dos mil, crece una duda en mi corazón. Yo nunca fui muy religioso, y tal vez nunca lo sea. Poco a poco veo pasar los días, y las guerras, veo el hambre con que vive la mitad del mundo, veo como… como cerdos hambrientos de la inmundicia; van hacia el dinero y mientras más ricos son más ricos quieren ser y tiran todo lo que ellos no le gustan o lo que la “moda” les impone. En tanto en otra parte del mundo miles de niños mueren. Mueren del flagelo más espeluznante que existe en ese mundo. El hambre cruel martirio para el que lo padece, un insignificante sollozo para el que mira de lejos. Que ni siquiera se digna a hacer algo por aliviar su pena y su hambre. Y poder aliviar su propia alma.

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